viernes, 31 de julio de 2009

Pantaleón y las visitadoras

Por: María Antonia Borroto

Para Francisco Lombardi la clave del éxito de "Pantaleón y las visitadoras" radica en su credibilidad: "Es una tragicomedia donde la gente está entre reír o conmoverse y eso gusta. En esa mezcla está el éxito de la película". Y, decididamente, debemos darle la razón, pues la cinta provoca no tanto momentos de hilaridad como sonrisas entre pícaras e irónicas, pues ella también tiene mucho de picardía e ironía.

Aunque basada en la novela homónima, la película logra ser ella misma mediante un trazado de los personajes que los convierte en verdaderas criaturas vivientes, y mediante una mezcla bastante rara y precisa —como los brebajes antiguos— de exotismo y lujuria. Sin embargo, la obra, amén de sus desnudos y de la sofocación que la anima, no es lo que vulgarmente se entiende por cine erótico. Prefiero pensar —y creo que Vargas Llosa y Lombardi también— que aquí el sexo, o lo sexual, es una fórmula para analizar los mecanismos del poder.

Pantaleón Pantoja, nombre nada inocente en su cacofonía, es el prototipo de la disciplina militar y hasta civil: ser un buen soldado y un mejor ciudadano lo llevan a supuestas atrocidades, digo supuestas pues es en el exceso y no en la chispa inicial, donde radica su desafuero.

Pantoja organiza sus convoyes —con vistadoras, prestaciones y hasta emplazamientos— como quien distribuye el rancho de la tropa —bueno, el sexo es ofertado según una cuota prefijada por la probidad del militar—, con el mismo celo que luego usará en alfabetizar y resignarse al aislamiento. Un militar no discute órdenes, hace cuanto sus superiores indiquen sin medir el bien o el mal de sus acciones. Es además un símbolo de quienes asumen la vida como un mero atajo de números, reduciéndolo todo al cálculo y la probabilidad, incluido algo tan veleidoso como el deseo carnal.

Y allí falla don Panta: nunca previó que él sería parte del asunto, y qué parte… Todo su rigor y disciplina parecen irse al diablo cuando se le cuela dentro la lujuria amazónica. El sexo es, entonces, el desorden mismo en su vida tan racional. Hasta el sexo organizado por él peligra cuando intenta superponer de una forma muy peligrosa ambos mundos: el de la marcialidad y el de las chicas, enterrada una de ellas con honores militares, llamada mártir y a quien agradece las enseñanzas íntimas, una escena en la que, como dice Lombardi, no se sabe si conmoverse o estallar en carcajadas. La sangre de la Colombiana servirá, afirma emocionado, para allanar el camino de nuevos sacrificios.

La secuencia es una de las más deliciosas de la cinta, como lo es también el momento de los preparativos de la prueba piloto, y la prueba misma, cuando cronómetro en mano regula la duración de cada prestación. Las revistas pornográficas funcionan en tanto ayudan al fin último: la eficiencia del negocio.

Lombardi logra en esta cinta su más caro sueño: ser invisible: "Soy un cineasta más bien clásico. Me molestan las obras en que te das cuenta que la cámara se mueve para acá o para allá en esa búsqueda incesante por nuevos ángulos con un director que está tratando de demostrarte que es original. Eso, sinceramente me molesta. Me gusta que el director sea invisible y que la historia se narre sola."

Así, uno asiste, aparentemente, a una historia bien contada, tan bien contada que llega a sentir el frenesí de la selva.

Obsesionado con los mecanismos que obligan a un hombre de bien a actuar guiado por aviesas intenciones —recuérdese la magnífica "Bajo la piel" y, desde cierto punto de vista, "Tinta roja"—, obsesionado también con los comportamientos límites en ciertas situaciones, también límites, Lombardi vuelve aquí por tales derroteros, incluido el de la carnalidad y el amor como motivos últimos para la acción, como en "Bajo la piel". Y lo hace, como siempre, elaborando sus personajes muy concienzudamente y con una dramaturgia que mantiene en vilo al espectador, aún cuando le da el necesario reposo: siendo, a fin de cuentas, un cineasta cabal.

Cuando el llamado séptimo arte parece moverse, en líneas generales, hacia el facilismo más abierto o hacia la abigarrada búsqueda de efectos especiales, conmueve un cineasta que como Lombardi cuenta historias que buscan desnudar la siempre apasionante y enigmática naturaleza humana.

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