lunes, 15 de junio de 2009

París 1936, otra vez en La Habana

La sala estuvo repleta hasta los topes desde bien temprano y los asistentes mostraban su impaciencia con un constante ir y venir entre filas y butacas, por los pasillos; y hasta de vez en vez prorrumpieron en aplausos para reclamar el inicio de la función. Sin embargo, la breve sinopsis del filme que se había divulgado a través de la prensa no era tan tentadora ni vaticinaba tal expectación, salvo el anuncio, claro, de que se trataba de un estreno mundial. Porque Paris 1936 (Faubourg 36 es su título en francés), el segundo filme de Christophe Barratier, tuvo su première en La Habana, en el caluroso y húmedo 10 de junio de 2008, durante la edición precedente del Festival de Cine Francés en Cuba.

El París de 1936, en los tiempos del Frente Popular -o para ser más precisa, uno de los suburbios de París-, es el lugar y la época donde se desarrolla la historia: tres obreros del espectáculo quedan desempleados tras el cierre de Chansonia, el teatro donde laboraban, y deciden ocupar la sala y montar un espectáculo musical. Si tienen éxito, podrán adquirir otra vez el teatro. Para Pigoil (Gérard Jugnot), el director, se trata de reencontrar un empleo estable para poder recuperar la custodia de su hijo Jojo, que toca el acordeón; Milou (Clovis Cornillac), el luminotécnico y dirigente sindical, aspira a cambiar el mundo, y Jacky (Kad Merad), el hombre-sandwich encargado de los anuncios, sueña con triunfar en la escena como imitador. Al trío, que se complementa con las luces y sombras de cada uno, se une la talentosa y joven cantante, Douce (Nora Arnezeder en su primer gran protagónico), ansiosa por debutar, dulce como su nombre y pura además, pero con mucha determinación.

Resumida así, no pasaría de ser una historia como cualquier otra. Mas se trata de un gran filme musical que nos muestra y narra la esencia humana de estos personajes al calor de las turbulencias propias de la época, de los enfrentamientos violentos entre la izquierda y la derecha francesas, de la vida en los arrabales parisinos; pero nos la ofrece plena de humor, con la transparencia propia de la sencillez de sus vidas.

Christophe Barratier es un músico de formación –graduado como guitarrista concertista en la Escuela Normal de Música de París y premiado en numerosos concursos internacionales- y un comunicador excepcional. Ya lo demostró con creces con El Coro (Les Choristes), su anterior largometraje, uno de los más grandes éxitos de público en la historia del cine francés. Ahora, Paris 1936, cautiva y atrapa otra vez. Allí está de nuevo su talento indiscutible como director y guionista, y su pasión por la música. Barratier se propone y logra una gran película musical.

París 1936 es un homenaje al music-hall y a sus artistas, un canto enaltecedor a la amistad, al compañerismo, a la dignidad de la gente humilde y sencilla, a la capacidad de recuperación del ser humano, que logra mezclar acertadamente la música, el humor, las emociones, la trama, con un nivel respetable de actuación de todo el elenco. Que a los cuatro actores ya citados se suma la presencia de Maxence Perrin, Bernard-Pierre Donnadieu y Pierre Richard, entre muchos otros.

Mientras, Reinhardt Wagner, un compositor francés para teatro y cine, asume la música del filme, incluyendo la composición de las canciones que en él se interpretan y algunas de las cuales motivaron el origen de la cinta. En una entrevista concedida a un diario francés a mediados del 2007, expresó: “Yo había musicalizado espontáneamente textos de Frank Thomas, y Christophe vio en ellos una especie de crónica de un suburbio de París, que lo inspiró. Él es músico antes que cineasta, y escribió el guión en torno a estas canciones…”. Luego, claro está, Wagner compuso otras, ya expresamente hechas para el filme.

En la presentación de Paris 1936 el 10 de junio de 2008, en la sala Charles Chaplin de la Cinemateca de Cuba, Christophe Barratier, acompañado por la protagonista femenina, Nora Arnezeder, confesó emocionado que estuvieron trabajando contrarreloj para poder traer aquella copia a La Habana y obsequiar a los espectadores cubanos el estreno mundial de un filme que solo fue exhibido en Francia tres meses después.

Entonces fue solo el público habanero, ese que abarrota las salas cada diciembre durante los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano, el único privilegiado. Ahora, en esta nueva edición del Festival de Cine Francés, Paris 1936 está al alcance de muchos en casi todo el país. Cinéfilos y espectadores en general tienen entonces la oportunidad de disfrutar el virtuosismo de un filme que retoma y enaltece el cine musical, desde la esencia misma del ser humano, para renacer como el teatro Chansonia. (Olga Lidia Pérez)

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