miércoles, 10 de junio de 2009

La camarera del Titanic


por: María Antonia Borroto / Televisión Camagüey


La camarera del Titanic no es una historia de amor. Esta afirmación, tan tremenda, debe, acaso, ser matizada: no es sólo una historia de amor. La película me sugiere otras interpretaciones, más a tenor con ese afán que nos lleva a contar y a escuchar historias; afán que completa nuestra humanidad y hace que la experiencia de cualquier mortal se amplifique hasta lograr, casi, la deseada inmortalidad.

Porque la creación es afán de inmortalidad, de lograr la pervivencia más allá de la terrible endeblez del cuerpo. Y, por rara alquimia, quienes tienen negado ese derecho —devenido para los beneficiados en un deber— sienten que su biografía, de suyo ordinaria, se complementa con lo insólito de cada narración.

Tal es, lector amigo, la esencia misma de La camarera... Digo mal, la que yo, desde mi atalaya, siento que es su esencia. La cinta, coincido con usted, ilustra los débiles límites entre ficción y realidad, entre el sueño y la vida. Pero, ¿es que acaso tales no son los más sugerentes temas en todo debate sobre los procesos creativos del arte? ¿La conversión de la vida vivida en vida en el arte? ¿El paulatino alejamiento de eso que, en literatura, Juan Carlos Onetti llama “literatosis”? La literatosis afecta a todo narrador novel, quien apenas logra definir una ficción coherente en tanto tal y, por tanto, cuanto escribe está demasiado permeado de su propia biografía: en la cinta, por ejemplo, el charco inmundo que el protagonista pisa antes de entrar al trabajo es sustituido por otro, cristalino, donde se refleja el Titanic y donde su cuerpo de pie sostiene los movimientos de la camarera. ¿Acaso la cinta no ilustra el gradual alejamiento del protagonista, en sus historias, de aquello que le sucedió “realmente” o que pudo haberle sucedido? ¿Acaso no se trata en cada nueva entrega de una versión más depurada y estilizada, menos creíble pero igual de verosímil?

Pero no solo esto. En un regodeo insano —como insanos son casi todos los mecanismos de la creación de ficciones— evoca lo que él hubiera deseado para, finalmente, gracias a la magia de unas cebollas, terminar por confundirnos aún más. Claro, confusión si asumimos la suya como una historia de amores truncos, no como una sutil exploración en los mecanismos del arte.

Y de su recepción, que a fin de cuentas es el otro asunto. Todo comienza por la complicidad masculina, esa que desecha pudores y se solaza en lo tremendo de la narración de aventuras amorosas. No importa que todo sea mentira, falacia de hombre aburrido, en un ambiente hostil; falacia de hombre aburrido que desea aquello que nunca fue suyo, deseado precisamente por eso. Los oyentes, como los lectores, como nosotros frente al cine, no nos detenemos ante la minucia de que lo narrado sea o no verdad. Bástenos la emoción del relato, su verosimilitud, nuestro deseo de estar allí o nuestra satisfacción, para el caso es lo mismo, por no haber estado. Bástenos la embriaguez que siempre es una historia nueva, una historia que ayuda a entender nuestra vida y hasta la modifica. Nada baladí resulta que las esposas mencionen los cambios ocurridos en sus alcobas desde que los hombres oyen tan enervantes historias.

Exploración en los entresijos del deseo, en los de la creación de ficciones, en la siempre insatisfecha naturaleza humana... Todo ello confluye en la, en mi opinión, más lograda cinta de Bigas Luna, donde un guión acertadísimo logra anular los límites entre sueño y realidad, entre arte y vida. Un guión, suave, ondulante, con un final sorprendente... como el relato del cada vez menos ingenuo protagonista.

Ficha técnica de la película "La camarera del Titanic"

Fragmento de la película "La Camarera del Titanic"

No hay comentarios:

Publicar un comentario